La cara oculta de la moda

 

comprar primero, pensar después

 Hasta hace poco mi vida se basaba en esto: me levantaba, iba a la universidad, comía, estudiaba y dormía. En los ratos interminables de autobús y metro mataba el tiempo admirando a aquellas influencers que iban surgiendo en Instagram y que parecían tan perfectas en la pantalla.

Todo les sentaba tan bien... Y Julia, leal a la moda e influenciada (nunca mejor dicho) por la Instagram Star de turno compraba aquellos vaqueros sabiendo que, esta vez sí, serían LOS vaqueros, aquellos con los que sería feliz.

Pero sorpresa, no fueron, ni por asomo, LOS vaqueros. Ni tampoco LA camiseta que compré la semana siguiente. Nunca di con ellos porque no me había parado a pensar cuál eran las líneas, estampados o cortes que me sentaban bien.

Compraba rápido, sin saber qué prenda necesitaba mi armario ni qué podría combinarla. Pero daba igual, me había costado 10, 15 o 20 euros, el coste era asumible.

Así fui llenando mi armario de ropa que no me hacía sentir mejor.

 

The True Cost, el documental que me hizo parar y REFLEXIONAR

Un domingo de lluvia y ningún plan digno de mención, Netflix puso en mi pantalla The True Cost. Tuve que parar varias veces el documental, no podía asimilar todo lo que estaba viendo.

The True Cost toma como punto de partida el derrubamiento del Rana Plaza en Bangladesh, donde murieron más de 1100 personas y 2000 resultaron heridas.

Andrew Morgan, el director del documental, expone la situación tan trágica de la industria, en la cual más del 90% de las prendas que Estados Unidos y Europa consume se realizan en países en vías de desarrollo como Bangladesh, Camboya o Vietnam. Allí, los trabajadores no cobran más de 10 dólares al día por producir 100 prendas en condiciones peligrosas e insalubres. Por no mencionar el tremendo coste medioambiental que supone la industria, la segunda más contaminante detrás de la petrolera.

 

Trailer subtitulado del documental The True Cost

 

1 hora y 32 minutos después me sentía completamente abrumada. Durante todos estos años no había sido capaz de cuestionar quién producía la ropa que yo vestía cada día, en qué condiciones se fabricaban y cuánto de lo que yo pagaba por las prendas llegaba realmente a los trabajadores. ¿Cómo había estado tan ciega?

Ese día decidí que no podía formar más parte de esto. No podía declararme feminista y defender los derechos de las mujeres en el mundo mientras compraba ropa producida por ellas en condiciones pésimas. No podía consentir que mi dinero fuese a grandes empresas que permitían estas condiciones de trabajo.

En los siguientes días leí mucho sobre moda sostenible, producida éticamente. Descubrí que había otra manera de hacer las cosas.

Mi armario seguía lleno de prendas de marcas low cost que no iba a tirar por el momento, aún eran útiles, pero me prometí que tan pronto como ya no lo fuesen no volvería a participar en la fast fashion.

 

Mi mentalidad había cambiado

Mi cuenta de Instagram empezó a llenarse de personas que promovían la slow fashion, una forma de entender la moda donde se consumía menos y de forma más ética, consciente y sostenible. Donde cada prenda es una inversión y tiene un lugar en nuestro armario.

En este tiempo he descubierto marcas y personas que cada día se comprometen con este movimiento, que son transparentes y apoyan una moda respetuosa con todos. Sigo aprendiendo cada día y es un camino precioso, lleno de gente inspiradora y con ganas de cambiar el mundo.

Y este blog es mi forma de contribuir con todo esto, de seguir comprometida con esta nueva forma de entender la moda e informarte de todo lo que el consumo ético tiene que ofrecer.

Aquí tienes un adelanto: es un camino muy satisfactorio.